He estado un mes sin beber alcohol y esto es lo que me ha pasado.

Artículo original publicado en El Español – Quincemil, el pasado 3/10/2026.

He estado todo septiembre sin beber alcohol. A estas alturas, según los carruseles gurús de Instagram, debería dormir ocho horas, pensar con la claridad de un ajedrecista y tener una piel capaz de iluminar el pasillo. Ya os adelanto que sigo sin recordar para qué he entrado en la cocina. Además, he puesto a prueba mi paciencia cada vez que he pedido una cerveza sin alcohol.

Aclaro que normalmente bebo poco: algunas cervezas el fin de semana, un Margarita de vez en cuando, copas en ocasiones muy especiales. Y entre semana, prácticamente nada. Pero durante las vacaciones, los fines de semana son eternos y para distinguir un martes de un sábado hay que mirar el calendario. Así fue como surgió la idea, quería hacer un ‘detox’ después de un agosto difuso.

Así que empecé el mes pidiendo cerveza sin alcohol en un cumpleaños y no me disgustó. Me acostumbré rápido al sabor. Me costó más acostumbrarme a dar explicaciones. Porque una cerveza normal no despierta ninguna curiosidad, pero de una 0,0 surgen más preguntas que en un interrogatorio entre un agente de la DEA y un miembro del cártel de Medellín.

En cuanto al deporte: ¡He vuelto a batir mi mejor marca personal en una carrera! Me gustaría atribuirle el mérito a mi vida mes sin alcohol, pero también batí marca en una carrera en abril, y en esa época me tomaba cervezas como si fuese Kate Moss en un festival.

Duermo igual de bien que antes. Y cuando hay luna llena, igual de mal. Pienso a mi velocidad habitual, que además como soy rubia cambia bastante según la hora. Los mosquitos siguen enamorados de mí. Y mi piel está luminosa, sí, como ya lo estaba antes gracias a una rutina de cuidado que cuesta más que un Margarita en el aeropuerto.

No he tenido resaca. Sería preocupante haberla tenido. Tampoco he publicado ningún storie del que arrepentirme a la mañana siguiente. He disfrutado de los domingos recordando perfectamente la noche anterior, aunque tampoco había demasiado que reconstruir, no nos vamos a engañar.

También he adelgazado. Pero esto no ocurrió hasta mediados de septiembre, cuando cerré el pico empecé a cenar platos tan alegres como un lunes de enero: pavo, queso fresco, yogur, manzana, ya sabéis.

Este mes he estado muy tranquila, pero no sabría decir si más feliz. Cuando quedaba con gente normal que sí bebía, al principio seguía la conversación sin problemas. Pero van llegando más rondas, el tono de voz sube y cada cual empieza una historia antes de que el otro haya terminado la suya. Todos parecen entenderse menos yo, que con mi cerveza 0,0 buscaba la frase que me había perdido. No eran experiencias profundas, pero he echado de menos entender el chiste. 

Al final se acabó septiembre y sigo siendo la misma, aunque he aprendido que no beber no me hace más feliz, pero me ha quedado claro que puedo cumplir lo que me propongo. No sé si eso me convierte en una versión superior de mí misma, pero algún mérito tendrá. Y ya os adelanto que este fin de semana me pediré una cerveza, o un Margarita. O los dos. Y después de treinta días dando explicaciones por no beber, no descarto tener que convocar una rueda de prensa la semana que viene para explicar qué hacía yo en ese storie que subí a las tres de la mañana.

ODA A MI GOMA DEL PELO.

Sin ti, niña despeinada.

Te quiero para hacer deporte, para lavarme la cara, para tomar el sol y para sentirme pibón. Hay moños que hacen más que ocho horas de sueño.

Aunque me llamo Paloma, no soy de goma. De estirar poco. Mi flexibilidad se limita a darte dos vueltas alrededor de mi pelo.

Siempre estás en mi muñeca, tapando lo bonita y delgada que es. Todo el día ahí, sin hacer nada.

Hasta que te necesito.

Entonces desapareces y tengo que sujetarme el pelo con una mano y lavarme la cara con la otra.

Oh, goma del pelo. Tan elástica, tan poco compromiso.

“Yo no soy muy de dulce” y otras frases que me molestan.

Artículo original publicado en El Español – Quincemil el pasado 20/9/2026.

Hay frases que, en apariencia, no tienen nada de malo. No insultan, no contienen amenazas y podrían pronunciarse delante de un niño sin perjudicar su desarrollo emocional. Pero me sacan de quicio.

Muchas se dicen durante una cena entre amigos, un lugar excelente para descubrir aspectos desconocidos de los demás. Porque está quien llega con una botella de vino y quien llega con las manos vacías. Quien ayuda a recoger y quien desaparece en cuanto ve entrar los platos en la cocina. Quien toma postre y quien dice ‘Yo no voy a tomar postre’ mirando a los demás por encima del hombro. La del postre es solo una de esas frases que no tienen nada de malo, pero que me irritan:

“Yo no soy muy de dulce”: que en mi cabeza significa: no necesito cubrir ningún vacío emocional con chocolate y mantengo una relación adulta con el azúcar. Eso sí, cuando llegue el postre, esa persona pedirá probar ‘solo una cucharadita’ y terminará excavando hasta la base de galleta.

“Muchas veces se me olvida comer”: me produce una mezcla de admiración y desconfianza. A mí se me puede olvidar devolver una llamada, comprar huevos ecológicos o felicitar a alguien que no tiene Instagram. Comer, no. ¿Cómo es posible que sean las cuatro de la tarde, lleves seis horas trabajando y ni una sola croqueta de cocido haya atravesado tu mente? No lo entiendo.

“Cómo ibas a ayer”: aparece después de una noche de borrachera en la que bebiste más de la cuenta, bailaste con entusiasmo y enviaste algún mensaje que por la mañana decidiste no releer. Si lo recuerdo, ya lo sé; y si no, no vengas a estropearlo.

“No tengo tiempo para ver series”: todos disponemos de veinticuatro horas al día. Algunos las emplean en aprender idiomas, otros en preparar una maratón y otros necesitamos saber quién mató a una chica en un pueblo noruego donde nunca sale el sol. No entiendo por qué una de estas actividades es mejor que la otra.

“A mí me gusta madrugar”: lo suele decir alguien que se levanta a las seis el domingo porque ‘el cuerpo se lo pide’. Los domingos a mí el cuerpo me pide que no lo moleste. Si alguna vez me levanto a las seis será porque tengo que coger un vuelo (barato) o porque el edificio está ardiendo. Y dependiendo del precio del vuelo y de la intensidad del fuego, me lo pensaría.

“Ya aparecerá alguien”: se le dice a una mujer soltera que puede que no esté buscando a nadie. O puede que acabe de dejarlo con alguien y todavía celebra poder dormir sin un jabalí roncando al lado en diagonal. O a lo mejor quiere enamorarse mañana mismo. En cualquier caso, no necesita que la tranquilicen como si estuviera esperando un trasplante.

“Nosotros no somos mucho de salir”: en el extremo opuesto están las parejas que han dejado de utilizar la primera persona del singular. ‘Nosotros no trasnochamos’. ‘Nosotros cenamos pronto’. O la bomba: ‘Estamos embarazados’. ¿En qué momento dos adultos firman la fusión y pasan a compartir gustos, horarios y aparato reproductor?

“¿Quieres participar en el regalo de X?” Sí, claro. Qué ilusión.

—Perfecto. Hazme un Bizum de 90 euros.

En ese momento descubres que no estabas participando en un detalle, sino en el aspirador sin cable Dyson V11 Advanced. Tú conoces a la homenajeada del gimnasio y una vez te dejó una goma del pelo, pero ahora ya estás dentro.

Reconozco que yo he utilizado varias de estas frases. Y tú también. La clave está en no convertir nuestras costumbres en certificados de superioridad. Y si no eres muy de dulce, en demostrarlo cuando llegue mi tiramisú. 

Quién soy cuando escribo

Soy de clima templado. Por debajo de 28 grados, funciono. Por encima, saco el abanico y contemplo la hoja en blanco.

No planeo demasiado. Empiezo a escribir sobre una idea y tengo la confianza de que ya encontraré el camino.

¿Orden o caos? Me da igual. Dentro del caos tengo mi propio orden. Desde fuera no se aprecia, claro.

Me gusta escribir sola, aunque rodeada de gente y con ruido de fondo. 

Muchas ideas me vienen mientras estoy corriendo. A veces tengo que parar para anotarlas, lo que perjudica mi ritmo, pero favorece bastante mi carrera literaria.

Y cuando escribo y entro en mi mundo, siempre me pasa lo mismo: el tiempo desaparece. Después levanto la vista y han pasado tres horas, tengo hambre y +1000 palabras nuevas en el documento.

EL HOMBRE QUE ME HIZO ESPERAR DEMASIADO

Hace unos días quedé con con un hombre en mi casa. El hombre llegó una hora tarde. Durante esa hora me indigné, pataleé y estoy segura de que al hombre le pitaron los oídos. Pero en algún momento entre mirar el reloj, asomarme a la ventana y desearle el mal alguna pequeña incomodidad (como una rinitis crónica, no más), empecé a escribir este artículo. ¿Por qué hay gente que no le da valor al tiempo de los demás?

Quedas con alguien a las nueve y aparece a las diez. Te citan a una hora y cuando llevas cuarenta minutos esperando, empiezas a dudar de ti misma: “¿habré mirado mal el calendario?”. Miras el calendario. No, era hoy. Te dicen que te entregarán un paquete por la mañana y terminas organizando tu día en base a una furgoneta que parece estar haciendo el Camino de Santiago.

Y no hablo de retrasarse diez minutos. Ni siquiera hablo de llegar una hora tarde. Porque los imprevistos existen. Atascos, reuniones que se alargan, entregas anteriores que se complican, niños que se manchan y hay que cambiarlos, un chaparrón que te pilla sin paraguas, no encontrar las llaves que tienes en la mano, que el ascensor se pare en todos los pisos… En fin, días que se tuercen.

Pero mi indignación aparece cuando no avisan. Porque una cosa es llamar o mandar un mensaje y decir: “estoy en un atasco, me retraso una hora”. Y otra muy distinta es hacer un apagón informativo y aparecer sesenta minutos después. Como si entre las nueve y las diez, yo no tuviese nada mejor que hacer que mirar por la ventana intentando identificar tu vehículo. Porque eran las nueve y media y seguíamos sin señales del hombre con el que había quedado en mi casa.

Avisar no hará que llegues antes, pero permite que la otra persona decida qué hacer con ese tiempo. Trabajar. Salir a hacer un recado. Ducharse. Tomarse un café con una amiga. Ordenar el cajón de los tuppers. Buscar pisos de dos millones de euros en Idealista. Perder una hora mirando Instagram y terminar apuntándose a un rally por el desierto. Lo que le apetezca, que para eso la hora es suya.

Y con los servicios de mensajería ya es el colmo: “Pasaremos entre las 9 y las 13”. Perfecto. Cuatro horas de mi vida reservadas para la posible aparición de un aparador de madera de mango. Después, dan las 13:15 y nadie ha venido. Ni llamado. Ni escrito. Y el hueco para el aparador, triste vacío.

Creo que se ha normalizado demasiado eso de disponer del tiempo ajeno. Y yo no pido precisión ferroviaria española suiza. Pero pido que si vas a hacerme perder el tiempo, al menos avísame para que pueda perderlo como yo quiera.

A las diez sonó por fin el telefonillo. Para entonces ya había escrito la mitad de este artículo y se me había pasado parte del enfado. Hay gente hombres que te hacen perder el tiempo y hombres que te proporcionan material para una columna. Suelen ser los mismos.

Abrí la puerta, pero no le sonreí. Tampoco le avisé del pequeño escalón que hay al entrar. Una cosa es que se me hubiese pasado el enfado y otra, fomentar esas conductas. Me limité a dejarle pasar y señalarle el hueco donde tenía que colocar mi nuevo aparador de madera de mango.